miércoles, 27 de junio de 2018

Pinturas de la cueva de los niños

Aquel día tocaba clase de arte rupestre y Raúl se acordó enseguida de la aventura vivida dos años antes a las afueras del pueblo, una experiencia llena de riesgo y misterio que terminó con un final feliz y asombroso. Don Antonio, el profesor, mostró a la clase una serie de diapositivas de las pinturas de la cueva de Altamira e intrigado por las imágenes decidió repetir la peripecia para comprobar unos detalles. Así que, en compañía de su hermano Isaac, de Ramón, de Juan y de Borja, volvieron al lugar, y efectivamente, allí estaban, unos dibujos parecidos a los de las fotografías. En total observaron unas ocho figuras, de 15 a 20 centímetros de longitud, que representaban a un hombre provisto de un arma que intentaba defenderse o atacar a un animal y a varios cuadrúpedos, entre ellos un jabalí y una cabra. Borja. sobrino de Ana Botella, sacó varias fotografías de las escenas para enseñárselas a don Antonio que enseguida pudo comprobar la importancia del descubrimiento.
Luego aparecieron dos expertos en pintura rupestre, que determinaron que se trataba de un hallazgo pospaleolítico, es decir, los dibujos podían tener 5.000 años de antigüedad según María Rosario, profesora de la Universidad Autónoma de Madrid. Los cinco chavales, con edades comprendidas entre los siete y los once años, habían descubierto un gran secreto, una de las escasas estaciones de arte rupestre de la Comunidad de Madrid, censadas en aquellas fechas en una decena. Según el testimonio de los pequeños todo empezó en 1988, cuando Isaac y Raúl entraron en la cueva de forma casual, como suele ocurrir en este tipo de descubrimientos, y vieron "una cosa roja que no sabían que era". Aquel primer contacto pasó desapercibido hasta que dos años después relacionaron las manchas rojas con las imágenes de don Antonio y fue entonces cuando hicieron la segunda visita a la cueva en compañía de sus amigos de clase, entre ellos Borja: "Fue a raíz de que en el colegio nos explicaron el arte rupestre, cuando tenía nueve años. Un compañero de clase sugirió hacer una excursión a unas cuevas cercanas al pueblo. Raúl y yo nos acercamos a esta zona, pues creíamos que podía haber algo, y ¡aquí estaban las pinturas!... Una representaba una escena de caza en la que aparecía un antropomorfo, un
bóvido y un cáprido. En la otra había dos figuras, una de ellas parecía un bisonte, y un cáprido".
Durante un año todos mantuvieron el secreto, hasta que la importancia del descubrimiento lo hizo público después de haber tomado las medidas oportunas de seguridad para evitar saqueos y expolios. La cueva forma parle de una red de covachas que fueron utilizadas como refugios durante la Guerra Civil, según la opinión de los vecinos de Torrelodones.
El acceso es muy complicado para las personas adultas debido a su situación.

(Javier Leralta)

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