El yacimiento arqueológico de La Alcudia se encuentra a 3 km al Sur de la ciudad de Elche (Alicante), cerca del río Vinalopó. Su extensión actual es de aproximadamente 10 hectáreas en donde se han realizado diferentes trabajos de excavación a lo largo de los últimos siglos.
Historia
Durante casi todo el siglo XX fue propiedad de la familia Ramos, que llevó a cabo los trabajos arqueológicos durante todo ese periodo. Su adquisición, en 1996, por parte de la Universidad de Alicante constituyó el inicio de una nueva fase, centrada en la valoración científica del yacimiento y de sus monumentos y en la potenciación de su riqueza cultural.
Excavaciones
Según los datos hallados la secuencia estratigráfica abarca desde finales de la Edad del Bronce hasta principios de la época islámica, aunque también se han hallado en las cercanías materiales neolíticos. El asentamiento alcanza su mayor apogeo en las épocas ibérica y romana. Posiblemente sería la principal ciudad de la región ibérica y en concreto de su parte meridional; su influencia llegaría al centro y sur de la provincia de Alicante y a zonas limítrofes de Albacete y Murcia.
En las excavaciones realizadas hasta el momento se han encontrado, por debajo de los niveles romanos, otros ibéricos, siendo posible que la ciudad ibérica abarque la misma extensión que la romana. En este caso nos encontraríamos ante una ciudad ibérica de considerables dimensiones para lo habitual en la Comunidad Valenciana, aunque menor que las de otras áreas de la Península. Los materiales de los niveles ibéricos son de gran interés, especialmente la escultura monumental y la cerámica llamada Elche-Archena.
Hallazgos
De la época ibérica se han encontrado gran número de monumentos escultóricos, entre ellos la famosa Dama de Elche, busto femenino datado entre los siglos IV y V a.C.
A pocos metros de la Dama se halló, de forma casual, un fragmento de una escultura de un guerrero ibero, vestido con túnica corta y empuñando una falcata. Fue labrado en piedra caliza en el siglo IV a.C., y puede que formara parte de un conjunto escultórico de tipo heroon. Hoy en día se encuentra expuesto en el Museo Arqueológico Nacional de España, en Madrid.
(Wikipedia)
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lunes, 27 de abril de 2015
Cueva de Daina - Romanyá de la Selva
La Cueva de Daina es un dólmen de granito de grandes dimensiones construido entre 2700 a.C. y 2200 a.C. Está ubicado en las afueras del núcleo urbano de Romanyá de la Selva en Gerona.
Historia
El conjunto fue descubierto en los años 1900 por el antiguo propietario de los terrenos, Pere Cama i Casa. En 1957, las excavaciones promovidas por Lluís Esteva Cruañas hallaron numerosos huesos, dientes, siete puntas de flecha de sílex, fragmentos de cuchillo, trozos de cerámica y cuentas de collar. En 1931, fue declarado Monumento Nacional.
Estructura
El recinto megalítico está protegido por un crómlech en forma de anillo externo de 11 metros de diámetro formado por grandes piedras de granito. El dolmen mide 7,60 m de largo por 1,70 m de ancho y 1,50 m de alto. La cámara funeraria, de forma rectangular, está separada de la galería por tres piezas que conforman la puerta de entrada.
(Wikipedia)
Historia
El conjunto fue descubierto en los años 1900 por el antiguo propietario de los terrenos, Pere Cama i Casa. En 1957, las excavaciones promovidas por Lluís Esteva Cruañas hallaron numerosos huesos, dientes, siete puntas de flecha de sílex, fragmentos de cuchillo, trozos de cerámica y cuentas de collar. En 1931, fue declarado Monumento Nacional.
Estructura
El recinto megalítico está protegido por un crómlech en forma de anillo externo de 11 metros de diámetro formado por grandes piedras de granito. El dolmen mide 7,60 m de largo por 1,70 m de ancho y 1,50 m de alto. La cámara funeraria, de forma rectangular, está separada de la galería por tres piezas que conforman la puerta de entrada.
(Wikipedia)
viernes, 24 de abril de 2015
Dólmen de Idopil
Este dolmen se encuentra en la frontera España-Francia, en el collado Orgambide (Idopil), a 910 m. de altura s.n.m.
Es un túmulo de unos 10 m. de diámetro por 0.70 de alto, de piedras, cubierto totalmente de hierba, sobre la que descansan algunas piedras sueltas. En el centro del mismo se encuentra la cámara, de dirección SE a NW, de forma rectangular, compuesta por cuatro losas. En el interior del túmulo, junto a la cabecera de la cámara, se encuentra un mojón indicador de la frontera.
Posiblemente el túmulo tuviera un cromlech del que se ven algunos testigos
Es un túmulo de unos 10 m. de diámetro por 0.70 de alto, de piedras, cubierto totalmente de hierba, sobre la que descansan algunas piedras sueltas. En el centro del mismo se encuentra la cámara, de dirección SE a NW, de forma rectangular, compuesta por cuatro losas. En el interior del túmulo, junto a la cabecera de la cámara, se encuentra un mojón indicador de la frontera.
Posiblemente el túmulo tuviera un cromlech del que se ven algunos testigos
Los arévacos
Los arévacos fueron un pueblo prerromano perteneciente a la familia de los celtíberos, situada entre el sistema Ibérico y el valle del Duero, lindando al oeste con los vacceos, establecida en el centro de la península ibérica en la actual España. Roma formó con los arévacos tropas auxiliares para su ejército imperial.
Historia
Los primeros datos que de los arévacos se conocen fueron suministrados por el historiador griego Estrabón, ya que en los datos anteriores, transmitidos por Polibio y Livio, simplemente se habla genéricamente de las tribus celtíberas, que adquirieron pronto gran importancia por sus guerras con Roma.
Los arévacos construían sus poblados sobre cerros para organizar una fácil defensa, rodeados de uno, dos y hasta tres recintos amurallados. Se sabe con certeza que habitaron en los lugares de Osma (Uxama o Argaela, según el autor griego Ptolomeo) y Sepúlveda.
Los aravacos, arevacos o arévacos (que de todas estas formas se les ha llamado) llevaban un nombre que era claramente celta. Se dedicaban a la agricultura y pertenecían a la más poderosa de todas las tribus celtíberas, extendiéndose sus poblados por casi toda la franja sur del Duero mesetario. Sus núcleos eran independientes entre ellos, cuantas eran las diferentes comarcas en que la misma estructura geográfica les dividía. Eran pueblos todavía groseros y rústicos, regidos por distintos régulos o caudillos, sin unidad entre sí y casi sin comunicaciones.
Cifraban su gloria en perecer en los combates y consideraban como afrentoso morir de enfermedad. Parece ser que este pueblo no enterraba a sus muertos, sino que quemaba los cuerpos, ya que en sus lugares de asentamiento se han encontrado necrópolis de incineración; sin embargo, para los que perecían en combate no consideraban digno el quemar sus restos, los cuales hacían descansar en cuevas, en fosas primero y posteriormente en urnas.
Adoraban al dios Lug, divinidad de origen celta, al cual festejaban en las noches de plenilunios, bailando en familia a las puertas de sus casas. También rendían culto a sus muertos y a un tal "Elman", o "Endovéllico", según atestiguan algunas inscripciones. Tenían por costumbre dejar sus iconos, o imágenes de los dioses, en cuevas situadas en abruptos peñascales –a veces se trataba de las mismas grutas donde descansaban sus antepasados–, y solían acudir a ellas en grupo, en días señalados para la ocasión. En estos lugares veneraban a sus divinidades y les solicitaban favores, dejándoles sus exvotos.
Su traje se componía de una ropilla negra u oscura, hecha de lana de sus ganados, a la que estaba unida una capucha o capuchón con la cual se cubrían la cabeza cuando no llevaban el casquete que estaba adornado con plumas o garzotas. Al cuello solían rodearse un collar. Una especie de pantalón ajustado completaba su sencillo uniforme.
En las guerras usaban espadas de dos filos, venablos y lanzas con botes de hierro, que endurecían dejándolos enmohecer en la tierra. Gastaban también un puñal rayado, y se alaba su habilidad en el arte de forjar las armas. Se presentaban a batalla en campo raso: interpolaban la infantería con la caballería, la cual en los terrenos ásperos y escabrosos echaba pie a tierra y se batía con la misma ventaja que la tropa ligera de infantería. El cuneas, u orden de batalla triangular de los arévacos, se hizo famoso entre los celtíberos y temible entre los guerreros de la antigüedad.
Las mujeres se empleaban también en ejercicios varoniles y ayudaban a los hombres en la guerra. Se veían obligados, para pelear, a dejar guardados sus cereales en silos o graneros subterráneos donde se conservaban bien los granos durante largo tiempo.
Sobre el año 200 a. C., el cartaginés Aníbal quiso mostrarse señor de Hispania antes de medir sus fuerzas con Roma, y a este fin, y al de ejercitar sus tropas e imponer obediencia y respeto entre los celtíberos, llevó sus armas al interior de la Península. Así se internó con dos expediciones consecutivas en tierra de los arévacos, talando los campos y rindiendo su capital, Numancia, a cuyos habitantes obligó a huir con sus mujeres e hijos a las vecinas sierras, de donde luego les permitió volver bajo palabra de que servirían a los cartagineses con lealtad.
Mas cuando cargado de despojos regresaba de estas expediciones a Cartagena (Cartago Nova), los naturales de la meseta reunidos en bastante número se atrevieron a acometerle a las orillas del río Tajo y aun le desordenaron la retaguardia y rescataron gran parte del botín. Triunfo que los antiguos hispanos pagaron caro al siguiente día, en que Aníbal les hizo ver bien a su costa cuán superiores eran las tropas disciplinadas y aguerridas a una multitud falta de organización, por briosa que fuese, que por lo visto lo eran en verdad.
Con la llegada de los romanos, Numancia, una de las ciudades arévacas, protagonizaría una resistencia heroica al invasor. Tras las campañas de Tiberio Graco en el 180 a. C. y la firma de unos tratados con los pueblos indígenas, entre ellos los arévacos, Hispania conocería un periodo de relativa calma. Pero esta calma no duraría siempre: en el 153 a. C. los segedanos -debido al incremento de su población- decidieron ampliar las murallas; acto que no sería bien visto por Roma, que rompería los acuerdos, comenzando así las denominadas Guerras Celtíberas. Los segedanos, que aún no tenían terminadas sus murallas, se refugiaron en Numancia. El cónsul Quinto Fulvio Nobilior fue enviado a Hispania para sofocar la rebelión.
Poblaciones arévacas
Se indican a continuación una serie de poblaciones arévacas, junto con su correspondencia geográfica actual:
Burgos - Kolounioukou (ceca), localizada en el cerro del Alto del Cuerno (Peñalba de Castro).
Sekobirikes (ceca), localizada en Pinilla Trasmonte, se acuñaron denarios, ases y semises a finales del siglo II a. C.
Soria - Numantia, a 7 km al norte de la ciudad de Soria, sobre el cerro de la Muela de la localidad de Garray.
Arekoratas (ceca), en Ágreda.
Usamus o Uxama (ceca), tuvo su asentamiento en el Cerro Castro, a muy escasa distancia de El Burgo de Osma.
Tiermes, situada en el término municipal de Montejo de Tiermes.
Guadalajara - Kaisesa (ceca), situada en Sigüenza.
Lutiakos (ceca), relacionada con Lutia (Luzaga).
La Rioja - Contrebia Leucade, a veces también Contrebia Leukade o Kontrebia Leukade. Su ubicación geográfica está al sureste de La Rioja, en el término municipal de Aguilar del Río Alhama, en el paraje conocido como Clunia.
Palencia - Pallantia, actual Palenzuela, se situaba en un escarpado cerro rodeada de murallas. Posee la más importante necrópolis prerromana de la provincia palentina.
Historia
Los primeros datos que de los arévacos se conocen fueron suministrados por el historiador griego Estrabón, ya que en los datos anteriores, transmitidos por Polibio y Livio, simplemente se habla genéricamente de las tribus celtíberas, que adquirieron pronto gran importancia por sus guerras con Roma.
Los arévacos construían sus poblados sobre cerros para organizar una fácil defensa, rodeados de uno, dos y hasta tres recintos amurallados. Se sabe con certeza que habitaron en los lugares de Osma (Uxama o Argaela, según el autor griego Ptolomeo) y Sepúlveda.
Los aravacos, arevacos o arévacos (que de todas estas formas se les ha llamado) llevaban un nombre que era claramente celta. Se dedicaban a la agricultura y pertenecían a la más poderosa de todas las tribus celtíberas, extendiéndose sus poblados por casi toda la franja sur del Duero mesetario. Sus núcleos eran independientes entre ellos, cuantas eran las diferentes comarcas en que la misma estructura geográfica les dividía. Eran pueblos todavía groseros y rústicos, regidos por distintos régulos o caudillos, sin unidad entre sí y casi sin comunicaciones.
Cifraban su gloria en perecer en los combates y consideraban como afrentoso morir de enfermedad. Parece ser que este pueblo no enterraba a sus muertos, sino que quemaba los cuerpos, ya que en sus lugares de asentamiento se han encontrado necrópolis de incineración; sin embargo, para los que perecían en combate no consideraban digno el quemar sus restos, los cuales hacían descansar en cuevas, en fosas primero y posteriormente en urnas.
Adoraban al dios Lug, divinidad de origen celta, al cual festejaban en las noches de plenilunios, bailando en familia a las puertas de sus casas. También rendían culto a sus muertos y a un tal "Elman", o "Endovéllico", según atestiguan algunas inscripciones. Tenían por costumbre dejar sus iconos, o imágenes de los dioses, en cuevas situadas en abruptos peñascales –a veces se trataba de las mismas grutas donde descansaban sus antepasados–, y solían acudir a ellas en grupo, en días señalados para la ocasión. En estos lugares veneraban a sus divinidades y les solicitaban favores, dejándoles sus exvotos.
Su traje se componía de una ropilla negra u oscura, hecha de lana de sus ganados, a la que estaba unida una capucha o capuchón con la cual se cubrían la cabeza cuando no llevaban el casquete que estaba adornado con plumas o garzotas. Al cuello solían rodearse un collar. Una especie de pantalón ajustado completaba su sencillo uniforme.
En las guerras usaban espadas de dos filos, venablos y lanzas con botes de hierro, que endurecían dejándolos enmohecer en la tierra. Gastaban también un puñal rayado, y se alaba su habilidad en el arte de forjar las armas. Se presentaban a batalla en campo raso: interpolaban la infantería con la caballería, la cual en los terrenos ásperos y escabrosos echaba pie a tierra y se batía con la misma ventaja que la tropa ligera de infantería. El cuneas, u orden de batalla triangular de los arévacos, se hizo famoso entre los celtíberos y temible entre los guerreros de la antigüedad.
Las mujeres se empleaban también en ejercicios varoniles y ayudaban a los hombres en la guerra. Se veían obligados, para pelear, a dejar guardados sus cereales en silos o graneros subterráneos donde se conservaban bien los granos durante largo tiempo.
Sobre el año 200 a. C., el cartaginés Aníbal quiso mostrarse señor de Hispania antes de medir sus fuerzas con Roma, y a este fin, y al de ejercitar sus tropas e imponer obediencia y respeto entre los celtíberos, llevó sus armas al interior de la Península. Así se internó con dos expediciones consecutivas en tierra de los arévacos, talando los campos y rindiendo su capital, Numancia, a cuyos habitantes obligó a huir con sus mujeres e hijos a las vecinas sierras, de donde luego les permitió volver bajo palabra de que servirían a los cartagineses con lealtad.
Mas cuando cargado de despojos regresaba de estas expediciones a Cartagena (Cartago Nova), los naturales de la meseta reunidos en bastante número se atrevieron a acometerle a las orillas del río Tajo y aun le desordenaron la retaguardia y rescataron gran parte del botín. Triunfo que los antiguos hispanos pagaron caro al siguiente día, en que Aníbal les hizo ver bien a su costa cuán superiores eran las tropas disciplinadas y aguerridas a una multitud falta de organización, por briosa que fuese, que por lo visto lo eran en verdad.
Con la llegada de los romanos, Numancia, una de las ciudades arévacas, protagonizaría una resistencia heroica al invasor. Tras las campañas de Tiberio Graco en el 180 a. C. y la firma de unos tratados con los pueblos indígenas, entre ellos los arévacos, Hispania conocería un periodo de relativa calma. Pero esta calma no duraría siempre: en el 153 a. C. los segedanos -debido al incremento de su población- decidieron ampliar las murallas; acto que no sería bien visto por Roma, que rompería los acuerdos, comenzando así las denominadas Guerras Celtíberas. Los segedanos, que aún no tenían terminadas sus murallas, se refugiaron en Numancia. El cónsul Quinto Fulvio Nobilior fue enviado a Hispania para sofocar la rebelión.
Poblaciones arévacas
Se indican a continuación una serie de poblaciones arévacas, junto con su correspondencia geográfica actual:
Burgos - Kolounioukou (ceca), localizada en el cerro del Alto del Cuerno (Peñalba de Castro).
Sekobirikes (ceca), localizada en Pinilla Trasmonte, se acuñaron denarios, ases y semises a finales del siglo II a. C.
Soria - Numantia, a 7 km al norte de la ciudad de Soria, sobre el cerro de la Muela de la localidad de Garray.
Arekoratas (ceca), en Ágreda.
Usamus o Uxama (ceca), tuvo su asentamiento en el Cerro Castro, a muy escasa distancia de El Burgo de Osma.
Tiermes, situada en el término municipal de Montejo de Tiermes.
Guadalajara - Kaisesa (ceca), situada en Sigüenza.
Lutiakos (ceca), relacionada con Lutia (Luzaga).
La Rioja - Contrebia Leucade, a veces también Contrebia Leukade o Kontrebia Leukade. Su ubicación geográfica está al sureste de La Rioja, en el término municipal de Aguilar del Río Alhama, en el paraje conocido como Clunia.
Palencia - Pallantia, actual Palenzuela, se situaba en un escarpado cerro rodeada de murallas. Posee la más importante necrópolis prerromana de la provincia palentina.
lunes, 20 de abril de 2015
Poblado ibérico del Cerro de la Cruz - Almedinilla
El poblado ibérico del Cerro de la Cruz se ubica en el término municipal de Almedinilla (Provincia de Córdoba), en el área geográfica de la Sierra de las Subbéticas, que se continúan por territorio jiennense y granadino. Ocupa uno de los típicos anticlinales calizos que conforman la orografía de esta zona. El Cerro de la Cruz domina Almedinilla por el Suroeste, ofreciendo una ladera al norte de muy difícil acceso.
El yacimiento arqueológico ocupa una extensión de unos 50.000 metros cuadrados y, al menos, en superficie no conserva restos de murallas ni estructuras defensivas de la época ibérica. Se halla cubierto en su mayor parte de quercinias y retamas, si bien el olivar ha avanzado bastante por la ladera sur.
Las distintas campañas de excavación arqueológica, que fueron emprendidas sucesivamente por Maraver, Paris, Engel, Navascués, Santa-Olalla y Vaquerizo, han puesto de manifiesto que se trata de un poblado ibérico en ladera, dispuesto en terrazas escalonadas que han sido directamente excavadas en la roca, aprovechando su superficie.
El yacimiento arqueológico ocupa una extensión de unos 50.000 metros cuadrados y, al menos, en superficie no conserva restos de murallas ni estructuras defensivas de la época ibérica. Se halla cubierto en su mayor parte de quercinias y retamas, si bien el olivar ha avanzado bastante por la ladera sur.
Las distintas campañas de excavación arqueológica, que fueron emprendidas sucesivamente por Maraver, Paris, Engel, Navascués, Santa-Olalla y Vaquerizo, han puesto de manifiesto que se trata de un poblado ibérico en ladera, dispuesto en terrazas escalonadas que han sido directamente excavadas en la roca, aprovechando su superficie.
miércoles, 15 de abril de 2015
Castro de Borrenes -
El castro de Borrenes dispone de una impresionante muralla inacabada, ya que los romanos conquistaron la zona antes de su finalización.
Muy probablemente este castro nunca llegó a estar habitado. El pueblo que lo construía con estas grandes murallas y un foso, -posiblemente para defenderse de los romanos- fue trasladado a otra población más cercana a las minas de oro, para trabajar en ella como esclavos.
Muy probablemente este castro nunca llegó a estar habitado. El pueblo que lo construía con estas grandes murallas y un foso, -posiblemente para defenderse de los romanos- fue trasladado a otra población más cercana a las minas de oro, para trabajar en ella como esclavos.
Contrebia Leukade - Aguilar de río Alhama
Contrebia Leukade fue una ciudad donde se asentaron hacia el 700-750 a. de C. los pelendones, quienes construyeron una fortificación aprovechando un escarpe rocoso sobre el río y edificaron casas excavadas en la roca con planta rectangular.
Más tarde, llegaron otras tribus celtíberas, los Arévacos, ampliaron el poblado y reforzaron los sistemas defensivos con un profundo foso excavado en la roca y una muralla que rodeaba la ciudad. Éstos se mantuvieron hasta la llegada de los romanos, que conquistaron la ciudad a comienzos del siglo II a. de C.
(ArteEspaña)
Más tarde, llegaron otras tribus celtíberas, los Arévacos, ampliaron el poblado y reforzaron los sistemas defensivos con un profundo foso excavado en la roca y una muralla que rodeaba la ciudad. Éstos se mantuvieron hasta la llegada de los romanos, que conquistaron la ciudad a comienzos del siglo II a. de C.
(ArteEspaña)
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